Sala alterarte, Universidad de Vigo, campus Ourese. Comisariado Paula Cabaleiro.
Texto expositivo:
Reconstruir el relato para salvaguardar la (nuestra) memoria colectiva. Ausencia. Como (nos) cuenta la ausencia. No tengo nada. No son nadie.
Esta muestra de Ofelia Cardo evoca el cuerpo, el dolor, la pérdida, la resiliencia, la supervivencia, a través del vacío, de la ausencia, del silencio, especialmente de las mujeres. A través del simbólico, las obras recogen el luto, el duelo, la desesperanza, mismo la barbarie. El conflicto empapa las telas teñidas de muerte, se refleja en cada paño, en cada intervención, en cada elemento. Cuanto pesa el silencio en la reconstrucción de nuestra identidad, de nuestro relato, de nuestro presente y pasado…
La obra de Ofelia Cardo presenta una fuerte implicación emocional e identitaria, un enfoque feminista en la búsqueda de justicia social, que vertebra una investigación personal y minuciosa en la cartografía vital de su familia, para alumbrar parajes que tantos años quedaron enterrados en la sombra. Una suerte de homenaje a la figura de la madre, de la esposa, de la hija, de tantas mujeres que fueron sostiene de una sociedad herida, destrozada, sin posibilidad de soñar con un futuro posible. Su obra tiene un marcado carácter político, entendiendo la memoria histórica como una deuda, ahondando en la necesidad de reparar, reconstruir y recuperar, y sabiendo que la memoria en la democracia nunca va a estar libre de conflictos, sino que es la única manera de gestionar el conflicto.
La obra “15 de agosto del 1938” es la semilla de una exposición que aborda desde lo autobiográfico la posguerra, el hambre y la oscuridad tras la Guerra Civil Española. Esta fecha angosta, marca el día en el que su abuela conoce la triste noticia de la muerte de su marido. Un gran manto oscuro, configurado a partir de los mandiles de las abuelas, teñidos de pérdida y dolor, ilustra esa larga noche de piedra que describía Celso Emilio Ferreiro, junto a obras como “Ropa de alivio” y “Omen nomen”. En estas últimas, el alivio del dolor.
Mientras, en esa dualidad de la existencia, alumbra el día en la otra parte de la muestra, con obras como “El hambre se comió el paisaje” I e II y “Ralar el cuerpo”. La vida se abre camino, entre esfuerzo, resistencia y superación, donde la mujer y el pan simbolizan el sustento y la supervivencia, cargando en sus costas a responsabilidad de seguir y combatir el hambre y suturar la herida.
Las puntadas del hilo como sutura, la lejía como procura de la pureza, la paleta cromática del dolor como noche, el atuendo de la mujer como símbolo de una educación católica patriarcal, las “malas hierbas” y el pan duro como esperanza. Cada elemento, cada material, cada objeto se torna significado, esboza metafóricamente un relato sensible, permeado de memoria y acontecimiento. Ofelia Cardo selecciona cada detalle para trazar esa cartografía emocionalpropia, personal e intransferible, más tan colectiva y comunitaria que interpela al público espectador de manera punzante e ineludible, en una exposición que late en la hendidura.
Fueron muchos y muchas las artistas que trabajaron desde el arte contemporáneo la memoria, a desmemoria, el conflicto, el dolor, la herida, el duelo. La creación artística utiliza a menudo objetos de la vida cotidiana, atuendo, mobiliario, fotografías y archivos (propios o encontrados), para evocar la fugacidad de la vida, la fragilidad de la memoria y todas aquellas historias que no se cuentan en el relato oficia, mismo la guerra y la tragedia. Cuando vemos la obra de Ofelia Cardo es ineludible despertar reminiscencias de múltiples obras ya icónicas, como los memoriales de Christina Boltanski, las inmersivas instalaciones sobre la memoria y el olvido de Chiharu Shiota, las solemnes pinturas de Anselm Kiefer, las celdas llenas de símbolos y objetos autobiográficos de Louise Bourgeois, la fragilidad en las piezas de Eva Hesse o el gran legado fotográfico sobre la Guerra Civil Española de Gerda Taro y Robert Capa. “Nada, nadie” también establece la relevancia de trazar puentes desde las memorias propias o individuales hacia reconstrucción y necesaria salvaguarda de una memoria colectiva, reivindicando el valor de las imágenes como parte de ese relato que denomina “declaración n”, tal y como reflexiona en su libro “Ante el dolor de los demás” (2003) la gran Susan Sontag:
“Toda memoria es individual, no puede reproducirse y muere con cada persona. El que se denomina memoria colectiva no es un recuerdo, sino una declaración: que esto es importante y que esta es la historia del acontecido, con las imágenes que encierran la historia en nuestra mente”.
Que importante es esa memoria colectiva, en la búsqueda de una justicia social. Así, desde la rotundidad evocadora de las imágenes, “NADA, NADIE” alza la voz por tantas historias de mujeres soterradas, que fueron sostiene ante la soledad y el silencio, con maridos víctimas, asesinados o prisioneros durante esa larga noche de piedra de la posguerra, cargando con la responsabilidad de sobrevivir y construir un futuro posible para sus familias. La ausencia, el duelo, el dolor, pudo interpelarlas, creyéndolas frágiles y vulnerables: no tener nada y no ser, por lo tanto, nadie. Más ellas, también víctimas de la barbarie, no se pudieron permitir la vulnerabilidad como refugio, sino como broto para volver a emerger.
Paula Cabaleiro, comisaria





